miércoles, 21 de mayo de 2014

La tienda de antigüedades

Quizás porque su mundo le deprimía o quizás porque sintió que ya no tenía nada, lo abandonó todo. El apoyo de su mejor amiga, y el ajado ejemplar de El guardián Entre el Centeno que le regaló, sus únicos acompañantes. Se instaló en un pueblo en el que parecía que el señor Tiempo no había pasado en treinta años.

Mientras paseaba, el escaparate de una tienda hizo que se detuviera.
Un ejemplar de El Guardián entre el Centeno, todavía más antiguo que el suyo parecía sonreírle a través del cristal. Junto a él, libros tan dispares como El retrato de Dorian Gray, El Quijote y Romeo y Julieta se apoyaban unos en otros como actores saludando al final de una función.
Una pluma que prometía haber pertenecido al mismísimo Cervantes, descansaba delante de ellos como la estrella principal. A la derecha de la composición una hilera de soldaditos de plomo parecía vigilarlo todo.

Al cruzar la puerta, el tintineo metálico del móvil que había en el techo, hizo que un hombre menudo, con gafas, apareciera detrás del mostrador.

-Buenos días, señorita ¿Qué desea?- le preguntó con una sonrisa-.
-Buenos días, lo cierto es que no lo sé- respondió titubeando-.

El anciano amplió su sonrisa, y con un gesto de sus manos, la invitó a curiosear por la tienda.
Se dirigió hacia una vitrina y sus ojos se posaron en una caja de música, una miniatura de tío vivo, un ajedrez de madera y una pluma con su tintero. Aquellos objetos contenían ecos del pasado.
A pesar de no haber tenido nunca una caja de música. Ni haber montado nunca en un tío vivo. A pesar de que nadie hubiera confiado en su habilidad con la pluma.
Sin embargo, a jugar al ajedrez,aprendió a jugar tan pronto como a escribir. Su padre se empeñó en ello.

Sin haber repartido tickets, las lágrimas estaban pidiendo turno en sus ojos y se desparramaron por sus mejillas. Buscó con nerviosismo un pañuelo en su bolso, mientras se reprendía a sí misma por ponerse a llorar en una tienda.
No oyó acercarse al anciano, pero estaba su lado ofreciéndole un pañuelo.

-Eres nueva en el pueblo, ¿verdad?-
-Sí-dijo ella intentando reponerse-.

Él asintió y fue a la trastienda. Apareció con una caja de cartón.

-Este es mi regalo de bienvenida. Son libros, seguro que te gustarán. No creas que soy adivino, es que Salinger se está saliendo de tu bolso- le guiñó un ojo- .

Ella miró debajo de su brazo y comenzó a reír con los ojos aún llorosos.

-Por cierto, me llamo Baltasar- dijo tendiéndole la mano.
-Julia- respondió estrechándola-.

Agradeció a Baltasar su regalo y se despidió. En la calle, chocó con una niña que iba corriendo y la caja saltó por los aires.

-Perdone señorita, lo siento- repetía mientras recogía los libros-.
Julia miró la dentadura mellada de la niña, su flequillo desigual y sus orejas de soplillo y se quedó atónita: era el retrato andante de la foto que tenía en su mesita de noche. Esa foto en la que aparecía junto a su abuelo.
La niña le devolvió la caja y antes de que pudiera mediar palabra ya estaba en el interior de la tienda dando botes.



(Este texto lo escribí inspirándome en la primera escena propuesta en el Taller de Escritura de Literautas, para más información, visita su página: Literautas, Taller de Escritura)

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